En los últimos tiempos estamos asistiendo a una nueva corriente, sobre todo entre quienes se dedican a la comunicación: introducir errores gramaticales o faltas ortográficas para demostrar que eres humano.
Las erratas parecen haberse convertido en el nuevo símbolo de prestigio, de cómo se escriba sin que lo haga la inteligencia artificial, ni tampoco lo parezca. El debate está siendo intenso; personalmente, empiezo a estar un poco cansado del tema (tengo otro en la misma línea, que son las quejas en la red profesional LinkedIn sobre el contenido generado automáticamente con IA). Me llama, y mucho, la atención que en los tiempos donde se busca la perfección, el error se considere el elemento diferenciador. Me parece la fotografía perfecta de los tiempos actuales, de locura, donde lo imperfecto, el error, la falta ortográfica, se eleva a los cielos como el elemento cumbre.
Estos tiempos de tecnología e hiperconexión, afloran en los humanos nuestro perfil «policial». Con un smartphone en la mano y las redes sociales abiertas, la sospecha permanente está instalada en el día a día, y me recuerda, mucho, la película «La vida de los otros», película que transcurre en el Berlín Este durante los últimos años de existencia de la República Democrática Alemana, y muestra el control ejercido por la policía secreta (Stasi) sobre los círculos intelectuales. En el 2026, 40 años más tarde de aquello, seguimos igual, o peor. Constantemente se busca la prueba de si ese texto ha sido generado con IA, para luego poner en marcha el dedo acusador, como quien está en posesión de la verdad absoluta.
Yo me pregunto, si escribe con la ayuda de la Ia, ¿qué hay de malo si lo que escribe está alineado con lo que se quiere comunicar?
Ese es el punto de interés: la inteligencia artificial es una herramienta maravillosa, pero bien utilizada. La diferencia está en saber qué quieres expresar o delegar el pensamiento en ella. Yo utilizo la IA, claro que sí, pero yo, no delego en ella mi pensamiento, no le digo «créame un artículo». La utilizo para mejorar lo que yo he escrito, mejorar ciertos aspectos, eliminar redundancias o estructurar de forma más legible mi texto. Pero lo que está escrito, la base, eso lo siguen haciendo mis dedos. Entregar a una maquina la responsabilidad absoluta de decidir qué hacer, cómo, con qué enfoque, realmente, no es escribir, es para rellenar páginas.
Por eso, los «policías de las redes», los que se dedican a señalar si algo está escrito con inteligencia artificial o no, me parece que tienen una postura infantil. Y ojo, que hay redes como Linkedin, que después de promover el uso de esa tecnología, ahora se dedican a que tú hagas de acusador, cuando la culpa es de ellos (dicen que el 45% del contenido de esa red que tenga más de 250 palabras está hecho íntegramente con IA). Eso de que te «suena» que está hecho con ChatGPT, amigo, no es válido, y te sorprenderá saber que ni siquiera los programas que dicen detectar contenido realizado por inteligencia artificial, son válidos, y fallan más que una escopeta de feria.
No podemos negar que la Ia es una tecnología brutal, pero también nos está obligando, o debería hacerlo, a repensar formatos como las comunicaciones, pero sin volverse un policía o espía de la Stasi.
Carlos Zubialde
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