Llevo tiempo dándole vueltas a algo que este dato de InfoJobs acaba de poner en números, el teletrabajo dejó de ser un extra hace ya tiempo y se ha convertido en condición. Un tercio de la gente que teletrabaja hoy dejaría su empleo si le recortan los días de trabajo en casa. Si la vuelta a la oficina fuera total, esa cifra sube al 39%. No hablamos de una molestia, hablamos de una línea roja.
Lo que más me llama la atención no es tanto el porcentaje, sino la velocidad con la que ha cambiado la percepción. Hace siete años, trabajar desde casa era casi una excentricidad que muy pocas empresas se planteaban. Hoy es justo al revés, quien lo quita se arriesga a que la plantilla se vaya buscando quien no lo quite. Ese giro en tan poco tiempo dice mucho de cómo cambian las expectativas cuando una generación entera prueba algo mejor y no está dispuesta a volver atrás sin más.
Hay un matiz en el estudio que me parece revelador. No todo el mundo reacciona igual ante un recorte, un 25% se quedaría pero pediría subida de sueldo a cambio, y solo el 13% aceptaría el cambio sin rechistar, un porcentaje que además ha bajado desde el 17% del año anterior. Es decir, cada vez hay menos gente dispuesta a tragar sin condiciones. El teletrabajo se ha convertido en una especie de moneda de cambio dentro de la relación laboral, y las empresas que no lo entienden así van a acabar pagando ese error de una forma u otra, con fuga de talento o con nómina más cara.
Lo de Ubisoft en Barcelona es el ejemplo perfecto de cómo se puede hacer mal. Imponer la vuelta a la oficina cinco días a la semana después de años de recortes progresivos, y encontrarse con huelgas indefinidas. Cuando lees que los sindicatos lo interpretan como un despido encubierto disfrazado de política de horario, entiendes que ahí no hay solo un choque cultural sobre dónde se trabaja mejor, hay una sensación de que se está usando la vuelta a la oficina como excusa para otra cosa.
Me interesa también el dato de que en casi todo, salvo en concentración individual, la oficina sale mejor parada según los propios encuestados, trabajo en equipo, reuniones, resolver imprevistos, tomar decisiones. No es que el teletrabajo gane en todo, es que la gente ha decidido que ese sacrificio de eficiencia colectiva merece la pena a cambio de la flexibilidad que le da sobre su propio tiempo. Y ojo, porque eso no es un dato menor para cualquiera que dirija equipos, incluido yo mismo trabajando con colaboradores y freelance repartidos en distintos sitios, la productividad ya no se mide solo en resultados de equipo, se mide también en si la gente se queda o se va.
Y luego está el contraste con Europa, que a mí siempre me llama la atención por deformación profesional, viniendo de un sector, el del transporte y la logística, donde España históricamente ha ido por detrás en digitalización y en adopción de nuevos modelos de trabajo. Aquí el teletrabajo ronda el 7,9% de los ocupados, frente al 8,8% de media europea, y muy lejos del 20,5% de Finlandia o el 19,2% de Irlanda. No es que estemos retrocediendo, es que seguimos sin arrancar del todo, atrapados en un punto intermedio donde ni volvemos al 2019 ni terminamos de normalizar el modelo híbrido como ya han hecho otros países.
Creo que lo que viene ahora es simple de enunciar aunque difícil de gestionar, las empresas que traten el teletrabajo como un privilegio revocable van a seguir perdiendo la partida frente a las que lo asuman como parte estructural de cómo se trabaja hoy. Y el dato de que solo un 1% de las empresas españolas planea eliminarlo el año que viene sugiere que, por una vez, la mayoría ya ha entendido la lección. Aunque siempre habrá algún Ubisoft dispuesto a comprobarlo por las malas.
Carlos Zubialde
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