Durante años hemos escuchado que la inteligencia artificial iba a revolucionar la productividad. Los titulares se acumulaban, los inversores ponían el dinero y los directivos repetían el mantra de la transformación digital como si fuera un conjuro. Había un problema: los datos no terminaban de acompañar el relato.
Ahora llega un estudio desde Stanford que complica el argumento. Nicholas Bloom, profesor de Economía y uno de los investigadores más serios en materia de organización del trabajo, sostiene que el auténtico responsable del notable repunte de la productividad en Estados Unidos desde 2020 no es la IA, sino el teletrabajo.
Los números que maneja Bloom son los del Bureau of Labor Statistics, el equivalente estadounidense al INE. La productividad del sector privado no agrícola creció un 5,3% en 2020, se mantuvo por encima del 2% en los años siguientes salvo un tropiezo en 2022, y siguió avanzando hasta 2025. El promedio de estos cinco años dobla el crecimiento registrado durante la mayor parte de la década anterior, cuando la economía americana apenas rozaba el 1% anual. Tanto llamó la atención el dato que el propio Jerome Powell, entonces presidente de la Reserva Federal, admitió públicamente que nunca habría esperado ver cinco o seis años consecutivos de crecimiento al 2%.
El argumento de Bloom para señalar al teletrabajo en lugar de a la IA es, en el fondo, muy simple: la curva empieza en 2020, no en 2022. ChatGPT se lanzó a finales de ese año y su adopción masiva tardó aún más en llegar. Si la productividad ya estaba creciendo con fuerza antes de que la IA generativa existiera como herramienta cotidiana, resulta difícil atribuirle el mérito principal.
Lo que explica el teletrabajo, según Bloom, tiene que ver con varios mecanismos a la vez. El trabajo en remoto ha reducido el tiempo y el coste del desplazamiento diario, ha atraído a trabajadores más cualificados que antes rechazaban ciertos empleos por motivos de movilidad, ha obligado a las empresas a mejorar sus procesos de gestión y coordinación, y ha empujado una adopción más rápida de herramientas digitales que antes se postergaban. Nada espectacular, pero sumado, consistente.
Hay algo que incomoda en esta conclusión, y es lo que la hace interesante. Llevamos años debatiendo sobre si el teletrabajo mata la cultura empresarial, destruye la cohesión de los equipos o aleja a los trabajadores del compromiso real con sus organizaciones. Muchas grandes compañías han apostado por la vuelta a la oficina con argumentos que tienen más de intuición gerencial que de evidencia. Amazon, JPMorgan, Google, todas han empujado hacia modelos presenciales o híbridos con más horas en sede. Y sin embargo, los datos apuntan en otra dirección.
No se trata de idealizar el trabajo en pijama. Las condiciones importan, la autonomía importa, la calidad del espacio y del tiempo libre también. Pero quizás el debate que hemos tenido durante estos años sobre el teletrabajo ha estado más contaminado por preferencias ideológicas, miedos al descontrol y nostalgia del despacho compartido que por una lectura honesta de lo que realmente ha pasado con la productividad de las personas cuando se les ha dado más control sobre su propio tiempo.
Carlos Zubialde
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